Olentzero: entre la tradición y el mito. De Baztan-Bidasoa al mundo

Jauregia Agroturismo, las Casas Rurales de Baztan, combinan la sonrisa entrañable de los niños cantando y contando las andanzas de Joxemari, el aizkolari baztanés que recuerda a un olentzero imaginado por urbanos, y un recorrido por el auténtico Olentzero en un artículo del baztanés Lander Santamaría.


¿Cuándo y cómo, en qué momento y de qué forma surgió la figura de Olentzero y arraigó en la tradición y en la mentalidad popular vasca?

Por un momento, vamos a dejar de lado si nació en Lesaka, una localización en la que coinciden la mayor parte de los estudiosos y especialistas en el asunto, y vamos a intentar imaginar cuál pudo ser la primera, y sucesivas, aparición de nuestro entrañable personaje navideño.

Su profesión, la de ikazkin (carbonero), parece evidente e indiscutible y en la que todos estamos de acuerdo. Era pues (o podía serlo) un personaje que trabajaba en el monte, donde disponía de la materia prima necesaria para llevar a cabo la labor que se supone que ejercía. Árboles, bosques (con toda probabilidad más densos y abundantes que ahora, cuando en el ámbito del País del Bidasoa ha experimentado en los tres últimos cuartos de siglo un retroceso imparable) y en consecuencia, leña abundante para el carboneo, eran su taller natural de trabajo.

Es de suponer que su vida debía ser muy dura, jornadas de sol a sol, de extraordinario gasto físico, difícilmente contrarrestado por una comida pobre y rutinaria: «Habas para almorzar, para comer y para cenar», les tengo oído decir a los leñadores que hasta hace unas tres décadas se dejaban los riñones en el Irati francés (¿?) y en los bosques de los Alpes, el macizo central y los Pirineos del país galo. Eso y algo de zerriki (piezas del cerdo) y ni mucho menos las más valoradas (jamones, lomos, costillas) sino por el contrario, mucho tocino.

Beber, no sabemos qué bebería a diario, el vino era un artículo extraño en la Montaña de Navarra, cosa de los días «de fiesta» y de consumo mucho más habitual entre los kaletarrak (los que residían en el mismo pueblo) que entre los baserritarrak de los caseríos. Probablemente, se conformaría (¡qué remedio!) con algo de sidra o pittarra y con algún trago de un aguardiente que llamaban usual, que, es de suponer, no andaría muy alejado del que se conocía como saltaparapetos en la puñetera guerra, o matarratas en los medios urbanos. Y punto.

El hombre, es de creer (la escuela estaba vedada para los pobres de solemnidad, y con diez u once años ya había que ayudar en casa) que en su cortedad mental tendría sus sentimientos, a su familia y seres queridos en el recuerdo y también presentes determinadas fechas del calendario (entonces sólo había dos estaciones: negua (invierno) y uda (verano), lo de udazkena y udaberria llegaría más tarde) de las que (dicen) apetece más que nunca compartir en el solar familiar.

Llega la época (Eguberri, la Navidad, en este caso) y a nuestro carbonero le cumple volver junto a los suyos, al pueblo, a ver a los padres y hermanos, a los familiares y amigos, a compartir con ellos la venida del Kixmi o del Niño Dios en su momento, y decide recontar lo que ha conseguido guardar en la bolsa, cerrar la borda, y tomar el camino a su txoko, embargado por la emoción de volver y reencontrar a lo que más quiere, quién sabe también si a la Martxelin, de cara sonrosada, profundos ojos negros y risa cantarina y contagiosa, su mejor amiga de juventud y su ensoñador recuerdo en sus momentos de soledad.

A largas zancadas, casi al galope, tirando de la cuerda con que ata al astoa (asno) cargado con sus humildes pertenencias, las pobres y raídas vestiduras para ver si la amatxo les puede hacer un apaño, y pensando para sus adentros qué es lo que les podría agradar, qué podría adquirir con sus escasos caudales para alegrarles aún más su llegada. Una mantilla quizás para la amatxi Frantxiska (rosario con el que rezar ya tiene, y bien bueno que le trajo cuando anduvo trabajando cerca de Lourdes), unos pucheros nuevos donde Periko el ferretero para la amatxo y una chaqueta de lana para el invierno, unos galtzerdiak (calcetines) para el aita Juan, ya veremos y … ¿para la Martxelin?.

Ya llega al pueblo, que hierve de animación, 24 de diciembre, y empiezan los saludos, zer moduz?, ¡aspaldiko ikustekoa! y así, a Mañolo, a Xabier que volver acaba (dice que harto) del «servicio», ¡ño, cómo te has puesto de habas, un cuto pareces pues!, y es que sí, con todo y venga darle al hacha, nuestro hombre ha engordado lo suyo, todos se lo dicen. Bueno, a la taberna de Mattin, trago va, trago viene, me voy que unas compras tengo que hacer: ¡gero arte!.

Bien, ya está todo, hasta un pañuelo precioso de coloricos para la Martxelin, y otros tres de seda para el bolsillo para que luzca delante de las amigas los domingos. Todo el paqueteo en un saco grande, para repartir luego. Otro trago en el Herriko Ostatua que al final son tres o cuatro, y nuestro amigo que va notando una excesiva alegría, la cabeza un poco ida, pero siguen las risas y los tragos, se cae al suelo, le levantan, más juerga, vamos otra vez donde Mattin, es que quisiera ir a casa a ver a la madre, ya le verás luego, bueno, bueno…

Allí, donde Mattin, sujeto a la argolla de la pared sigue el burro y la lera cargada con sus pertenencias. Pero nuestro hombre acaba entrando otra vez empujado por la cuadrilla, más tragos y más tragos, ya tiene la cabeza perdida, pero está contento con los amigos, luego irá a casa y se pondrán bien alegres todos de verle y con los regalos que les lleva.

¡Beno, banaie!, me voy, y como apenas puede dar un paso, le suben como pueden los amigos a la lera, le sientan, le arreglan la txapela y con la pipa al morro y el farol encendido, está como un personaje de lo más aparente, tanto que la cuadrilla tiran del asno, ríen y cantan unas estrofas que han improvisado (¡Olentzero buru aundiya…!) y van recorriendo las calles hacia Berroskoberroenea, su casa nativa. A la gente, que es mucha por las calles a esa hora, les llama la atención la comitiva, todos creen que es una karroxa que han preparado para Eguberri, con nuestro hombre con la cara tiznada todavía del polvo de ikatza (carbón), sus colorados mofletas y su hermosa boina, y todos ríen y aplauden a su paso, los niños los que más.

Por fín, nuestro personaje llega a su casa, ante el portal cantan sus amigos, tocan el picaporte, ya baja la madre y la amatxi, la cuadrilla por si acaso se esfuma, y las dos mujeres palmotean, le abrazan y expresan su alegría al verle. Nuestro hombre está en la gloria, les alarga el saco en el que lleva los regalos, como puede se levanta, le ayudan las mujeres, ¡qué habrás hecho, dónde habrás andáu, ya habrás bebido de más…!. ¡Venga aúpa, etorri gurekin etxera!.

Al final todo ha ido bien, al día siguiente vuelve a amanecer como siempre, misa a primera hora, ¡menudo bestondo que llevo encima!, pero me he encontrado con la Martxelin que iba con su amatxo, le he entregado el regalo y las dos me han saludado con afecto y he creído ver un brillo especial en los ojos de mi neska tanto tiempo añorada. Me dicen que ya se han enterado de la karroxa que hicimos ayer, que en el pueblo no se habla de otra cosa, y que a la gente le gustó mucho. ¡Vaya, si ha caído tan bien, igual el año que viene repetimos la jugada!. Y todos los años, igual. Lo mismo se hace costumbre.

(Y eso, pues que quién puede negar que fue así como nació gure Olentzero. El que tenga otra versión, que tire la primera piedra y que, el año que viene (si Dios quiere, como se suele o solía decir), pues que nos lo cuente aquí en estas páginas. Que serán otras, claro).

Eguberri on deneri!.

 

Lander Santamaría, baztanés, en la revista oficial de Olentzero

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