Viaje por el país del Bidasoa

Fuente de XORROXIN

Jauregia, el palacio baztanés de Aniz es una atalaya privilegiada desde la que se domina el País del Bidasoa. Turismo verde  en Navarra al alcance de la mano para unir a través de nuestro río el Mar y la Montaña.

Desde una cascada recoleta del Baztán, XORROXIN, hasta el amplio estuario de Txingudi, el Bidasoa recorre tierras hidalgas, bosques espléndidos, viejas industrias, y termina con una sorpresa romana.

Peña AUZA

El Bidasoa es un río modesto, apenas 70 kilómetros, pero con suficiente carácter como para constituir casi un país propio en su estrecho territorio navarro y guipuzcoano. El país del Bidasoa: una comarca fronteriza, mil veces atacada y defendida, unos límites húmedos, sombríos y difusos por los que han merodeado contrabandistas y guerrilleros, en los que se han reunido reyes y embajadores para organizar bodas estratégicas y solidificar fronteras.

Además el Bidasoa habla. Y sin timidez:

«Soy un río pequeño, pero con gracia y con más fama que muchos ríos grandes. De mí han hablado Estrabón, Tolomeo y Plinio. En mí hay un poco de la severidad de Navarra, algo de la blandura de Guipúzcoa y de la cortesía de Francia. Recojo las canciones de mis arroyos. Tengo fuentes milagrosas. Paso por valles anchos y soleados, y por cañadas estrechas. Reflejo las faldas verdes de los montes, los palacios y las chozas de las orillas. En invierno mujo como un toro y me lanzo en olas furiosas llenas de espuma; en el verano tengo remansos tranquilos y verdes».

Lo dice en el libro La leyenda de Jaun de Alzate, de Pío Baroja, quien se consideraba un poeta aldeano, poeta humilde de un humilde país, el país del Bidasoa. En el mismo libro, un personaje bachiller auguraba para esta tierra una república independiente, sin moscas, frailes ni carabineros.

El río, impasible ante las profecías que no cuajan, sigue excavando su camino. Nace en las laderas del monte navarro Auza, donde los bosques de hayas, robles, castaños y abedules (ahora también pinos y eucaliptos más rentables) enredan la niebla, condensan las gotas y alimentan las primeras regatas. Ese primer arroyo serpentea entre helechales, reuniendo fuerzas para hacer su aparición con un gesto bien teatral: un asalto de doce metros, la cascada de Xorroxin, que se precipita sobre una poza en la que las lamias se repasan la melena con peines de oro. En el resto del viaje será difícil encontrar un paseo tan sugerente como el que va desde Gorostapalo (barrio de Erratzu) hasta ese rincón burbujeante de Xorroxin.

Los hidalgos del Baztán

El río, que en este primer tramo juvenil se llama Baztán, avanza por el valle bebiéndose regatas y más regatas, creciendo con desparpajo, formando pozas caprichosas en Arizkun, hasta que los encauzamientos de Elizondo lo domestican para evitar inundaciones.

El Baztan a su paso por Elizondo

El río Baztan por Elzondo

Elizondo: junto a la iglesia. Así nació el poblado principal del valle, en torno al primer templo del antiquísimo Señorío de Baztán. En el año 1025, el rey navarro Sancho el Mayor otorgó el vizcondado de Baztán a Semen de Ochoaiz, señor de Lizarra, propietario de los palacios de Jauregizar, Irurita y Amaiur. El valle era un feudo de linajes nobles y señores guerreros, y para contentar a estas familias poderosas los reyes navarros tuvieron que reconocerles la hidalguía colectiva: a partir de 1440, todas las personas nacidas en Baztán eran nobles desde la cuna y, detalle importante, «indemnes de toda pecha et servitud».

Monolito de Amaiur

Monumento a los defensores de AMAIUR

Las guerras banderizas, los pulsos entre reyes y señores y las batallas con otros reinos dejaron en el valle una concentración notable de fortificaciones y casas torre medievales. Más tarde, cuando las familias baztanesas ocuparon puestos de mucho poder en la Corte de los Borbones y en las colonias americanas, las casas solariegas y los palacios brotaron como champiñones. Si sumamos algunos caseríos portentosos, iglesias, monasterios, ferrerías, molinos y puentes, el resultado es un catálogo arquitectónico impresionante desplegado a lo largo de todo el Baztán.

Una de las concentraciones más notables se encuentra en Irurita, en la plaza de la Duquesa de Goyeneche y sus alrededores, que parecen un museo de palacios dieciochescos, torres medievales y mansiones de indianos. En Arraiotz, justo al pie de la carretera, encontraremos la casa torre de Jauregizar, una mole de piedra rematada con elegancia por un cadalso (una estructura de madera en la que se dejaban aberturas para disparar al enemigo) y un curioso palomar con tejadito a cuatro aguas. En el mismo pueblo encontraremos los palacios de Zubiria y Jauregia.

La luz del Bidasoa

Maravillosa vista de Baztan desde el Mirador de Ziga

En Irurita merece la pena desviarse y subir al Mirador de Ziga, que ofrece una panorámica estupenda del Baztán: las montañas que cierran el valle, los pueblos distribuidos con armonía entre el suave oleaje de colinas herbosas, los bosques, los maizales, los caseríos blancos y rosáceos, como dados de piedra lanzados sobre el tapete de las praderas. No es de extrañar que este valle se bastara por sí solo para crear una escuela pictórica: los paisajistas del Bidasoa, seducidos por el juego de luces y nieblas, por los arroyos y las huertas, los hayedos y los manzanales, los palacios y los caseríos.

Podemos buscar alguna de esas estampas impresionistas, al pie de un par de puentes por ejemplo, que siempre dan mucho juego con los brillos y las espumas del río. El primero podría ser el puente de Reparacea, en Mugairi, clavado en las entrañas de un exuberante bosquete de ribera que se inclina como si quiera envolverlo entre el follaje. Son los bosques del Señorío de Bertiz, oasis que conserva un inmenso hayedo autóctono y un caprichoso jardín botánico. El segundo puente podría ser el de Sunbilla: un arco de piedra tan rotundo y a la vez tan airoso, junto a una hilera de caseríos que tiemblan en los reflejos del río (fachadas de cal, ribetes de piedra rosada).

El Bidasoa en Doneztebe-Santesteban

El Bidasoa por Doneztebe

Entre el primer puente y el segundo, las aguas han cambiado de nombre. En las cercanías de Santesteban, el Baztán gira hacia el norte para buscar el Cantábrico y a partir de ahí pasa a llamarse Bidasoa. También le cambia el carácter: ya no es el río que da de beber a una comarca agrícola y ganadera sino la corriente que impulsa la industria. Desde los siglos XIV o XV, cuando se extendieron las ferrerías hidráulicas, el Bidasoa movió ruedas, fuelles y martinetes para ayudar a transformar el hierro bruto (tan abundante en las cercanas Peñas de Aya) en herramientas, aperos o armas. Las orillas eran una sucesión de ferrerías (sólo en Bera llegaron a trabajar hasta ocho simultáneamente) y se vivió un tráfico intenso de gabarras o de carretas de bueyes, que acarreaban de aquí para allá la leña, el carbón, el hierro y los productos acabados. A finales del XIX desaparecieron las forjas pero se mantuvo la tradición siderúrgica, con las fundiciones y laminaciones de Lesaka y Bera. Y el Bidasoa sigue aportando su energía poderosa, en los saltos y las centrales hidroeléctricas.

Las fábricas modernas no han contaminado el Bidasoa tanto como otros ríos -la concentración industrial también es menor-, de manera que hoy se mantiene como uno de los más limpios del Cantábrico. Gracias a las políticas de repoblación y a los pasos abiertos en las presas, los salmones vuelven a un Bidasoa del que estuvieron a punto de desaparecer. Entre Bera y Endarlaza existen varios pozos salmoneros, también se pescan truchas, platijas y angulas, aunque ya es impensable alcanzar unas capturas como las de antaño.

Endarlatza

Puente de Endarlatza

Las crónicas del siglo XVII cuentan que sólo en las nasas de Endarlaza se pescaban entre mil y mil quinientos salmones al año. Hoy se capturan en todo el río tres, cuatro o cinco docenas como mucho. Y se relata una anécdota sobre esas abundancias pasadas, una historia que se escucha en muchas cuencas desde el Bidasoa hasta Galicia con un mero cambio de protagonistas: dicen que los obreros del puente internacional de Irun (o los del tren del Bidasoa, según las versiones) se declararon en huelga, hartos porque todos los días les servían salmón para comer.

Hacia Oiasso

En su tramo final, después de entrar en Gipuzkoa bajo el puente de Endarlaza, el cauce estrecho y bravo del Bidasoa se ensancha y se convierte en un gran estuario salpicado por islotes, arenales y juncales.

Vida en las marismas de Txingudi

Así forma las marismas de Txingudi, uno de los humedales más importantes del País Vasco, una gran plaza acuática que comparten las ciudades de Hondarribia, Irun y Hendaia. Las marismas han mermado hasta casi desaparecer: se desecaron terrenos para uso agrícola, para levantar casas y para tender el aeropuerto. Ahora, gracias a los planes para conservar este parque natural, los humedales recuperan terreno y en las lagunas y los bosquecillos de Plaiaundi reposan docenas de aves migratorias.

La isla de los faisanes

La Isla de los Faisanes

Los islotes -Galera, Hiru Kanale, Santiago Aurre- destacan por su valor ecológico, pero el más conocido de todos ellos debe su fama a la historia: en la Isla de los Faisanes, un terreno de aluvión situado a la entrada del estuario, a mitad de camino entre la orilla española y la francesa, se celebró una boda estratégica entre monarquías. Ocurrió en la primavera de 1659, cuando la isla medía 140 metros de longitud (ahora ya sólo 100, comida por las corrientes). Dos góndolas doradas partieron de Fuenterrabía, arrastradas contra corriente por seis traineras. En una de ellas viajaban el rey Felipe IV y su hija María Teresa, que iba a casarse con el rey francés Luis XIV. El Bidasoa contempló la boda, el pacto que fijaba fronteras (el Tratado de Paz de los Pirineos) y luego vio multiplicarse los puentes que cruzaban el límite que él mismo trazaba: primero fue el puente de Santiago, paso único para viajeros y peregrinos, pero en 1863 llegó la Compañía de Caminos de Hierro del Norte de España, con sus puentes de vía estrecha y vía ancha, también se tendieron pasos para los coches, edificios de aduanas, almacenes, el aeropuerto…

El Bidasoa ya no es camino: lo cruzan los caminos. Los coches, camiones, trenes y aviones pasan sobre las aguas sin reparar en ellas. El río, disuelto en el estuario, desemboca discretamente a los pies de las casas blancas de Hendaia y las murallas y los palacios de Fuenterrabía. La última caricia del Bidasoa es para los barcos pesqueros que salen al Cantábrico a por chicharro, verdel, merluza, anchoa, bonito.

Puerto Romano de OIASSO

OIASSO

Y el último recuerdo del Bidasoa, antes de perderse en el océano, debe ser para un muelle al que ya no baña: un muelle de atraque de hace dos mil años, desenterrado en las calles de Irun en los años 90, formado por cuatro gradas, con zócalo de piedra y estructura de troncos de madera. Pertenece al puerto de la urbe romana de Oiasso, una ciudad de categoría que dio nombre al río. Porque en la época del imperio este río era, sobre todo, «el camino hacia Oiasso». Vía ad Oiassonem: Bidasoa.

ANDER IZAGIRRE en DV.

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